Rojo y negro

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Lo consoló un tanto una idea que no le dijo a su mujer: con maña y sacándoles partido a las ideas novelescas del joven, tenía la esperanza de que se comprometiera por una cantidad inferior a rehusar la oferta del señor Valenod.

A la señora de Rênal le costó mucho más trabajo demostrarle a Julien que, puesto que renunciaba, en aras de lo que le convenía a su marido, a un puesto de ochocientos francos que le ofrecía públicamente el director del depósito, podía sin avergonzarse aceptar una compensación.

—Pero —contestaba siempre Julien— nunca he tenido, ni siquiera por un momento, la intención de aceptar esa oferta. Me ha hecho usted acostumbrarme demasiado a la vida elegante; tratar con esas personas tan bastas me mataría.

La cruel necesidad doblegó con su mano férrea la voluntad de Julien. Su orgullo le brindaba la ilusión de que no aceptaba sino como un préstamo la cantidad que le ofrecía al alcalde de Verrières e iba a darle un pagaré que estipulaba el reintegro de esa suma al cabo de cinco años y con intereses.

La señora de Rênal seguía teniendo unos cuantos miles de francos escondidos en la cuevecita de la montaña.

Se los ofreció temblando y sabiendo perfectamente que se los rechazaría airado.


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