Rojo y negro

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Al día siguiente, muy temprano, el señor de Rênal recibió una carta anónima. Estaba escrita en el estilo más insultante. Las palabras más groseras que se le pudieran aplicar a la posición en que estaba aparecían en todas las líneas. Era obra de algún subalterno envidioso. Aquella carta volvió a traerle a la cabeza la idea de batirse con el señor Valenod. No tardó su arrojo en llegar a pensar en llevarlo a cabo en el acto. Salió solo y fue a la tienda del armero para hacerse con unas pistolas, que mandó cargar.

«En realidad —se decía—, aunque volviera a la tierra la administración severa del emperador Napoleón, yo no tendría que reprocharme ni un adarme de bellaquerías. Como mucho, habré hecho la vista gorda; pero tengo buenas cartas en mi escritorio que me autorizan a ello.»

A la señora de Rênal la espantó la ira fría de su marido; le hacía recordar la fatal idea de viudedad que tanto le había costado ahuyentar. Se encerró con él. Se pasó varias horas hablándole en vano; la nueva carta anónima lo decidía. Por fin consiguió convertir el valor de abofetear al señor Valenod en el valor de ofrecerle seiscientos francos a Julien para un año de estancia en un seminario. El señor de Rênal, maldiciendo el día en que se le había ocurrido la fatal idea de meter un preceptor en casa, echó al olvido la carta anónima.


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