Rojo y negro
Rojo y negro Por fin, tras haberlo puesto en el buen camino tres o cuatro veces, el señor de Rênal dio él solo con la idea, muy ingrata financieramente, de que lo más desagradable que podría ocurrirle sería que Julien, entre la efervescencia y los dimes y diretes de toda Verrières, se quedase en la ciudad como preceptor de los hijos del señor Valenod. Para Julien tenía un interés evidente aceptar la oferta del director del depósito de mendicidad. Y, por el contrario, lo que le convenía a la buena fama del señor de Rênal era que Julien se fuera de Verrières e ingresara en el seminario de Besançon o en el de Dijon. Pero ¿cómo convencerlo de que lo hiciera y, a continuación, de qué iba a vivir?
El señor de Rênal, ante la inminencia del sacrificio pecuniario, estaba más desesperado que su mujer. Y ella, después de aquella conversación, estaba en la misma situación de un hombre cabal que, cansado de la vida, toma una dosis de estramonio; no actúa ya sino como movido por un resorte, por así decirlo, y nada le interesa ya. Así fue como Luis XIV agonizante dijo: Cuando era rey. ¡Expresión admirable!