Rojo y negro

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No tardó en volver el señor de Rênal; estaba fuera de sí. Por fin le habló a su mujer de la carta anónima que había recibido dos meses antes.

—Quiero llevarla al Casino y que vean todos que es obra del infame ese de Valenod, a quien saqué de la inopia para convertirlo en uno de los burgueses más ricos de Verrières. Lo avergonzaré en público y luego me batiré con él. ¡Hasta aquí hemos llegado!

«Podría quedarme viuda, santo cielo —pensó la señora de Rênal. Pero, casi al tiempo, se dijo—: Si no impido ese duelo, como seguramente puedo hacerlo, seré la asesina de mi marido.»

Nunca había manejado la vanidad de este con tanta habilidad. En menos de dos horas le hizo ver, y siempre con razones que se le ocurrían a él, que tenía que mostrarse más amistoso que nunca con el señor Valenod, e incluso volver a tomar a Élisa a su servicio. La señora de Rênal necesitó valor para decidirse a seguir viendo a esa muchacha, causa de todas sus desdichas. Pero la idea había sido de Julien.



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