Rojo y negro
Rojo y negro —No sé qué voy a hacer —le dijo—, pero si muero prométeme que nunca olvidarás a mis hijos. De lejos o de cerca, intenta hacer de ellos personas cabales. Si hay otra revolución, degollarán a todos los nobles; su padre se irá a la emigración quizá por culpa de aquel campesino al que mataron encima del tejado. Vela por la familia… Dame la mano. ¡Adiós, amigo mÃo! Son estos los últimos momentos. Tras este gran sacrificio, espero tener valor, en público, para pensar en mi reputación.
Julien esperaba hallar desesperación. La sencillez de aquellos adioses lo conmovió.
—No, no estoy recibiendo sus adioses. Me iré; lo quieren; usted también lo quiere. Pero, tres dÃas después de irme, volveré a verla por la noche.
A la señora de Rênal le cambió la vida. ¡Asà que Julien la querÃa, puesto que se le habÃa ocurrido a él solo la idea de volver a verla! El dolor espantoso se le trocó en uno de los momentos de alegrÃa más vehemente que hubiera sentido en la vida. Todo se le volvió fácil. La seguridad de volver a ver a su amigo quitaba a esos últimos momentos todo cuanto de desgarrador habÃa en ellos. A partir de ese instante, tanto el comportamiento cuanto la fisonomÃa de la señora de Rênal fueron nobles, firmes y completamente decorosos.