Rojo y negro

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La señora de Rênal albergó por un instante la ilusión de que Julien podría aceptar la oferta del señor Valenod y quedarse en Verrières. Pero había dejado de ser la mujer sencilla y tímida del año anterior; la habían iluminado su pasión fatal y sus remordimientos. No tardó en tener que pasar por el dolor de probarse a sí misma, mientras escuchaba a su marido, que una separación, cuando menos momentánea, se había vuelto indispensable. «Alejado de mí, Julien volverá a dar en esos proyectos ambiciosos suyos, tan naturales en quien nada tiene. Y ¡yo, Dios bendito, yo que soy tan rica y de una forma que tan poco le aprovecha a mi felicidad! Me olvidará. Es tan digno de amor que lo amarán y él amará también. ¡Ay, desdichada! ¿De qué puedo quejarme? El cielo es justo: no he tenido el mérito de terminar con el crimen; me quita el juicio. Solo de mí dependía ganarme a Élisa a fuerza de dinero; nada podría serme más fácil. No me tomé la molestia de pararme a pensar un momento; los locos pensamientos del amor me tenían absorta continuamente. Me muero.»

Una cosa hubo que le llamó la atención a Julien: al comunicarle la terrible noticia de su partida a la señora de Rênal, no vio en ella ninguna objeción egoísta. Estaba claro que se esforzaba en no llorar.

—Tenemos que ser firmes, amigo mío.

Se cortó un mechón de pelo.


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