Rojo y negro
Rojo y negro El padre Chélan, que contaba con imponerse por fuero a un muchacho tan joven, habló mucho. Arropado en la actitud y la expresión más humildes, Julien no despegó los labios.
Se marchó por fin y fue en el acto a avisar a la señora de Rênal, a quien encontró desesperada. Su marido acababa de hablarle con cierta sinceridad. La debilidad natural de su carácter, que reforzaba la perspectiva de la herencia de Besançon, lo había inclinado a la decisión de considerarla completamente inocente. Acababa de confesarle la curiosa postura en que se había encontrado a la opinión pública de Verrières. La gente no estaba en lo cierto, los envidiosos la tenían equivocada, pero, en fin, ¿qué hacer?