Rojo y negro
Rojo y negro El señor Valenod, que tiraba la piedra y escondía la mano, había colocado a Élisa en una familia noble que gozaba de gran consideración y en la que había cinco mujeres. Élisa, temerosa, a lo que decía, de pasarse el invierno sin encontrar colocación, no había pedido a esa familia más que las dos terceras partes, más o menos, de lo que ganaba en casa del señor alcalde. A la joven se le ocurrió, sin que nadie se lo sugiriera, la excelente idea de ir a confesarse con el anciano padre Chélan y, al mismo tiempo, con el nuevo párroco, para contarles a ambos por lo menudo los amores de Julien.
Al día siguiente de su regreso, no bien dieron las seis de la mañana el padre Chélan mandó llamar a Julien.
—No le pregunto nada —le dijo—; le ruego y, si menester fuere, le ordeno que no me diga nada: exijo que en el plazo de tres días se vaya al seminario de Besançon o a casa de su amigo Fouqué, que sigue dispuesto a brindarle un porvenir magnífico. Lo he previsto todo, lo he arreglado todo, pero tiene que irse y pasar un año fuera de Verrières.
Julien no contestó; estaba considerando si su honor debía sentirse ofendido ante los desvelos que el padre Chélan, quien, bien pensado, no era su padre, se había tomado por él.
—Mañana a la misma hora tendré el honor de volver a verlo —le dijo por fin al sacerdote.