Rojo y negro
Rojo y negro Lo habían tenido ocupado varias horas la altura de las murallas, la profundidad de los fosos y el aspecto terrible de los cañones cuando pasó delante del café principal que había en el bulevar. La admiración lo dejó parado; por mucho que leía la palabra «café» escrita en letras grandes encima de las dos puertas enormes, no podía creer lo que estaba viendo. Con un esfuerzo para vencer la timidez, se atrevió a entrar y se vio en un local de treinta o cuarenta pasos de largo y un techo de veinte pies de altura por lo menos. Aquel día todo era para él como un embrujo.
Estaban empezadas dos partidas de billar. Los camareros cantaban a voces los puntos; los jugadores corrían alrededor de las mesas de billar atestadas de espectadores. Oleadas de humo de tabaco, que salían de todas las bocas, los envolvían en una nube azul. La elevada estatura de esos hombres, la espalda rolliza, los andares recios, las patillas enormes, las largas levitas que vestían, todo le llamaba la atención a Julien. Aquellos nobles hijos de la antigua Bisontium no hablaban sino gritando. Tenían la apariencia de terribles guerreros. Julien lo admiraba todo sin moverse; pensaba en lo inmensa y magnífica que era una gran capital como Besançon. No se veía con valor para pedir una taza a café a ninguno de esos caballeros de mirada altanera que cantaban los puntos del billar.