Rojo y negro

Rojo y negro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Pero la señorita del mostrador se había fijado en la cara encantadora de aquel joven de la burguesía rural que, parado a tres pasos de la estufa y con el hatillo debajo del brazo, estaba mirando el busto del rey, de vistosa escayola blanca. Aquella joven, una hija del Franco Condado alta, de estupenda figura y ataviada como es preciso para dar un café a valer, ya había dicho dos veces, con una voz tenue que intentaba que solo oyera Julien: «¡Señor! ¡Señor!». Julien se topó con unos grandes ojos azules muy tiernos y vio que era a él a quien le estaban hablando.

Se acercó prestamente al mostrador y a la bonita muchacha como si cargase contra el enemigo. Al moverse con tanto impulso se le cayó el hatillo.

¡Qué compasión no despertaría nuestro provinciano en los jóvenes de los liceos de París, quienes, a los quince años, saben ya entrar en un café con expresión tan distinguida! Pero esos niños tan a tono a los quince años se vuelven de medio pelo a los dieciocho. A veces es posible sobreponerse a esta ferviente timidez que encontramos en provincias, y en tal caso enseña a querer. Al acercarse a esa joven tan guapa, que se dignaba dirigirle la palabra, pensó Julien, que, a fuerza de vencer la timidez, se volvía valiente: «Tengo que decirle la verdad».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker