Rojo y negro
Rojo y negro —Señora, es la primera vez que vengo a Besançon; me gustaría conseguir, pagando lo que sea, pan y una taza de café.
La señorita sonrió un poco y, luego, se ruborizó: temía, para aquel joven de aspecto tan gentil, la atención irónica y las bromas de los jugadores de billar. Lo asustarían y no volvería por allí nunca más.
—Póngase aquí, cerca de mí —dijo, indicándole una mesa de mármol que ocultaba casi por completo el enorme mostrador de caoba que se adentra en el local.
La señorita se inclinó, sacando el cuerpo del mostrador, lo que le dio ocasión de exhibir un talle soberbio. Julien se fijó en él; le cambiaron todas las ideas. La guapa señorita acababa de ponerle delante una taza, azúcar y un panecillo. No se decidía a llamar a un camarero para que pusiera un café, pues se daba cuenta perfectamente de que con la llegada de ese camarero concluiría su mano a mano con Julien.
Julien, pensativo, comparaba esa belleza rubia y alegre con ciertos recuerdos que lo desazonaban con frecuencia. Pensar en la pasión de que lo habían hecho objeto le quitó casi toda la timidez. La guapa señorita no contaba sino con un instante; leyó en las miradas de Julien.
—Este humo de pipa le da tos; venga a almorzar mañana antes de las ocho de la mañana; entonces estoy casi sola.