Rojo y negro
Rojo y negro —Si le parece bien, señorita —le dijo de pronto con aplomo—, diré que soy primo suyo.
Este comportamiento algo autoritario agradó a Amanda. «No es un joven cualquiera…», pensó. Le dijo muy deprisa, sin mirarlo, porque estaba pendiente de ver si se acercaba alguien al mostrador:
—Yo soy de Genlis, cerca de Dijon; diga que es también de Genlis y un primo de mi madre.
—Eso mismo haré.
—Todos los jueves a las cinco, en verano, los señores seminaristas pasan por delante del café.
—Si piensa en mÃ, cuando pase tenga un ramo de violetas en la mano.
Amanda lo miró extrañada; esa mirada convirtió el valor de Julien en temeridad; sin embargo, se ruborizó mucho al decirle:
—Siento que la quiero con el amor más violento.
—Pero ¡hable más bajo! —le dijo ella con expresión asustada.
Julien estaba haciendo por recordar las frases de un tomo suelto de La nueva Héloïse que se habÃa encontrado en Vergy. La memoria le respondió bien; llevaba diez minutos recitándole La nueva Héloïse a la señorita Amanda, encantada de la vida; lo tenÃa muy contento su valentÃa cuando, de repente, la hermosa joven adoptó una expresión gélida. Uno de sus galanes acababa de aparecer en la puerta del café.