Rojo y negro

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Se acercó al mostrador silbando y moviendo los hombros; miró a Julien. En ese mismo instante, en la imaginación de este, siempre extremoso, no hubo ya sino pensamientos de duelos. Se puso muy pálido, apartó la taza, adoptó una expresión de seguridad y miró a su rival con mucha atención. Mientras el rival tenía la cabeza agachada, sirviéndose con confianza una copa de aguardiente en el mostrador, Amanda le ordenó a Julien con una mirada que bajase la vista. Obedeció y estuvo diez minutos quieto en su sitio, pálido, resuelto y sin pesar en nada que no fuera lo que iba a suceder; en esos momentos tenía un aspecto realmente espléndido. Al rival le había extrañado la mirada de Julien; tras apurar de un sorbo la copa de aguardiente, le dijo algo a Amanda, se metió ambas manos en los bolsillos que tenía a los lados la gruesa levita y se acercó a una mesa de billar resoplando y mirando a Julien. Este se puso de pie en un arrebato de ira; pero no sabía cómo mostrarse insolente. Dejó el hatillo y, contoneándose cuanto pudo, se acercó al billar.

En vano le decía la prudencia: «Pero con un duelo nada más llegar a Besançon, ya puedes despedirte de la carrera eclesiástica».

«Qué más da; que no se diga que perdono a un insolente.»


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