Rojo y negro
Rojo y negro Amanda vio su valor; contrastaba de forma muy grata con la ingenuidad de los modales; por un instante lo prefirió al joven alto de la levita. Se levantó y, haciendo como que seguÃa con la vista a alguien que pasaba por la calle, se interpuso prestamente entre él y la mesa de billar.
—Guárdese muy mucho de mirar mal a ese señor, es mi cuñado.
—Y ¿a mà qué me importa? Él me ha mirado.
—¿Quiere hacerme desdichada? Desde luego que lo ha mirado; e incluso a lo mejor se acerca a hablarle. Le he dicho que es usted un pariente de mi madre y que acaba de llegar de Genlis. Él es del Franco Condado y nunca ha ido más allá de Dôle, en la carretera de Borgoña; asà que diga usted lo que quiera y no tema nada.
Julien estaba dudoso todavÃa; ella se apresuró a añadir, porque su imaginación de señorita que atiende el mostrador le proporcionaba toda suerte de mentiras:
—Desde luego que lo ha mirado, pero fue en el momento en que me estaba preguntando quién era usted; es un hombre muy jayán con todo el mundo; no ha querido insultarlo.