Rojo y negro
Rojo y negro Según se acercaba a su fábrica, maese Sorel llamaba a Julien con voz estentórea; nadie contestaba. Solo vio a sus hijos mayores, que eran como gigantes, quienes, provistos de grandes hachas, estaban troceando los troncos de abetos que iban a llevar a la sierra. Pendientes de no salirse de la marca negra trazada en la pieza de madera, con cada hachazo separaban virutas enormes. No oyeron la voz de su padre. Este se encaminó al cobertizo; al entrar buscó en vano a Julien en el lugar en que habría debido hallarse: junto a la sierra. Lo vio, cinco o seis pies más arriba, a caballo en una de las vigas del techo. En vez de vigilar atentamente el funcionamiento de toda la maquinaria, Julien estaba leyendo. Nada le resultaba más antipático al anciano Sorel; podría haberle perdonado quizá la complexión delgada, poco apta para los trabajos de fuerza y tan diferente de la de sus hermanos mayores; pero aborrecía esa manía por la lectura; él no sabía leer.