Rojo y negro

Rojo y negro

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En vano llamó a Julien dos o tres veces. La atención que prestaba el joven al libro, mucho más que el ruido de la sierra, le impidió oír la terrible voz de su padre; este, pese a su edad, se subió ágilmente de un salto al árbol sobre el que estaba operando la sierra y, de allí, a la viga transversal que sostenía el tejado. Un golpe violento mandó al arroyo el libro que tenía en las manos Julien; otro golpe, no menos violento, un cachete dado en la cabeza, le hizo perder el equilibrio. Iba a caer doce pies más abajo, entre las palancas de la máquina en movimiento, que lo habrían destrozado, pero su padre lo sujetó con la mano izquierda según caía.

—¡A ver, vago! ¿Vas a estar siempre leyendo esos libros tuyos de mala muerte mientas estás de guardia en la sierra? Léelos en buena hora por las noches cuando vas a perder el tiempo a casa del párroco.

Julien, aunque aturdido por el fuerte golpe y sangrando, se acercó a su puesto oficial, junto a la sierra. Tenía los ojos llenos de lágrimas, no tanto debido al dolor físico cuanto por haberse quedado sin el libro, por el que sentía adoración.

—Baja, borrico, que tengo que hablar contigo.


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