Rojo y negro

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El ruido de la máquina impidió una vez más a Julien oír esa orden. Su padre, que ya se había bajado, quiso ahorrarse el trabajo de subirse otra vez a la maquinaria; fue a buscar una pértiga larga para varear las nueces y le dio con ella en el hombro. No bien llegó Julien al suelo, el anciano Sorel, haciéndolo con rudeza tomar la delantera, lo empujó en dirección a la casa. «¡Dios sabe qué irá a hacerme!», se decía el joven. Al pasar, miró con tristeza el arroyo donde había caído el libro; de todos cuantos tenía era el más querido, el Memorial de Santa Elena[4].













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