Rojo y negro
Rojo y negro Tenía las mejillas teñidas de púrpura y la vista baja. Era un joven menudo, de entre dieciocho y diecinueve años, de apariencia débil, con rasgos irregulares, pero finos, y la nariz aquilina. Los ojos grandes y negros, que, en los ratos de tranquilidad, anunciaban reflexión y ardor, se los animaba en esos momentos la expresión del odio más feroz. El pelo castaño oscuro le nacía muy abajo, con lo que tenía una frente estrecha, que, en los momentos de ira, le daba una expresión malévola. De entre las incontables variedades de la fisonomía humana, no hay quizá otra que se haya distinguido por una especialidad más llamativa. El talle esbelto y donoso anunciaba más flexibilidad que vigor. Ya desde muy pequeño aquella expresión pensativa a más no poder y aquella palidez extremada habían hecho pensar a su padre que no viviría, o que viviría para ser una carga para la familia. Todos lo despreciaban en casa y él odiaba a sus hermanos y su padre; en los juegos del domingo, en la plaza, siempre perdía.
No hacía ni un año que, como era guapo de cara, empezaba a hallar unas cuantas voces amigas entre las muchachas. Todos lo despreciaban por débil y Julien había idolatrado a aquel anciano cirujano mayor que se había atrevido un día a mencionarle la poda de los plátanos al alcalde.