Rojo y negro
Rojo y negro Solo llevaba unas pocas horas en Besançon y ya se había hecho con un remordimiento. El anciano cirujano mayor le había dado, tiempo atrás, y pese a la gota que padecía, algunas clases de esgrima; esa era toda la ciencia con que podía contar Julien para poner al servicio de su ira. Pero aquel apuro se habría quedado en nada si hubiera sabido de qué otra forma podía enfadarse que no fuera dar una bofetada; y, si la cosa acababa a puñetazos, su rival, un hombre gigantesco, lo habría derrotado para darle luego la espalda.
«Para un pobre diablo como yo —se dijo Julien—, sin protectores y sin dinero, no habrá gran diferencia entre un seminario y una cárcel; tengo que dejar esta ropa burguesa en alguna fonda, donde volveré a ponerme el traje negro. Si consigo en alguna ocasión salir del seminario para unas cuantas horas, podré perfectamente, con mi ropa de paisano, volver a ver a la señorita Amanda.» Era un razonamiento estupendo, pero Julien pasaba delante de todas las fondas y no se atrevía a entrar en ninguna.
Por fin, cuando volvía a pasar por delante del Hôtel des Ambassadeurs, sus ojos inquietos se toparon con los de una mujer gruesa, bastante joven aún, rubicunda y con aspecto feliz y alegre. Se le acercó y le contó su historia.