Rojo y negro

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—Faltaría más, mi guapo curita —le dijo la hospedera del Hôtel des Ambassadeurs—, le guardaré la ropa de paisano e incluso mandaré que la sacudan con frecuencia. En este tiempo no conviene dejar quieto un traje de paño.

Cogió una llave y lo llevó en persona a una habitación, recomendándole que escribiera una nota diciendo lo que dejaba.

—¡Válgame Dios y qué buen aspecto tiene así, padre Sorel! —le dijo la oronda mujer cuando bajó a la cocina—; voy a mandar que le sirvan un buen almuerzo; y —añadió en voz baja—, solo le costará un franco, en vez de los dos francos y medio que paga todo el mundo; porque no hay que darles mala vida a sus ahorrillos.

—Tengo diez luises —contestó Julien con cierto orgullo.

—¡Ay, Dios santo! —contestó la buena hospedera, alarmada—. ¡No hable tan alto! Hay muchas malas personas en Besançon. Le robarán en menos que canta un gallo. Sobre todo no entre nunca en los cafés, que están llenos de gentuza.

—¿De verdad? —dijo Julien, a quien esa palabra daba motivos para pensar.


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