Rojo y negro
Rojo y negro —Esta expresiĂłn no viene a cuento en este lugar —le dijo—; tiene demasiado que ver con el vano honor de los hombres de mundo, que a tantas faltas los encamina y, con frecuencia, a tantos crĂmenes. Me debe santa obediencia en virtud del párrafo diecisiete de la bula Unam Ecclesiam de san PĂo V. Soy su superior eclesiástico. En esta casa, mi muy querido hijo, oĂr es obedecer. ÂżCuánto dinero tiene?
«¡Acabáramos! —se dijo Julien—. A eso viene lo de “mi muy querido hijo”.»
—Treinta y cinco francos, padre.
—Ponga por escrito minuciosamente el empleo de ese dinero; tendrá que darme cuenta de él.
Tan penosa sesiĂłn habĂa durado tres horas. Julien llamĂł al portero.
—Acomode a Julien Sorel en la celda 103 —le dijo el padre Pirard a este hombre.
Lo distinguĂa mucho al concederle un alojamiento aparte.
—Llévele allà el baúl —añadió.
Julien mirĂł hacia abajo y reconociĂł su baĂşl, que tenĂa delante precisamente; llevaba mirándolo tres horas y no lo habĂa reconocido.