Rojo y negro
Rojo y negro Al llegar al número 103, que era una habitacioncita de ocho pies cuadrados en el último piso del edificio, Julien se fijó en que daba a las murallas y, más allá de estas, se divisaba la amena llanura que el Doubs separa de la ciudad.
«¡Qué vista tan deliciosa!», exclamó Julien: al decirse aquello no sentía lo que expresaban esas palabras. Las sensaciones violentas que había vivido en el poco tiempo que llevaba en Besançon lo habían dejado completamente exhausto. Se sentó junto a la ventana en la única silla de madera que había en la celda y cayó en el acto en un sueño profundo. Ni oyó la campana de la cena ni la de la exposición del Santísimo: se habían olvidado de él.
Cuando lo despertaron, a la mañana siguiente, los primeros rayos del sol, se encontró tendido en el suelo.