Rojo y negro
Rojo y negro «¡Por quién me toman, vive Dios! —se dijo—. ¿Se creerán que no sé de qué va el asunto?» Y eligió al padre Pirard.
Aunque él no lo supiera, se trataba de un proceder decisivo. Un seminarista muy jovencito, oriundo de Verrières y que desde el primer dÃa se proclamó amigo suyo, le dijo que quizá habrÃa sido más prudente escoger al padre Castanède, el vicedirector del seminario.
—El padre Castanède es enemigo del padre Pirard, que es sospechoso de jansenismo —añadió el seminarista arrimándosele al oÃdo.
Todas las primeras decisiones de nuestro héroe, que se creÃa tan prudente, fueron, como lo fue la elección de confesor, atolondradas. Lo desencaminaba toda la presunción de un hombre con imaginación, tomaba sus intenciones por hechos y se creÃa un hipócrita consumado. Su extravÃo lo llevaba incluso a reprocharse sus éxitos en esa arte de la debilidad.
«¡Es mi única arma, por desdicha! —se decÃa—. En otra época me habrÃa ganado el pan con actos elocuentes frente al enemigo.»
Julien, satisfecho con su comportamiento, miraba entorno; hallaba en todas partes la apariencia de la virtud más acendrada.