Rojo y negro

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El resto de los trescientos veintiún seminaristas se componía nada más de personas zafias que no estaban muy seguras de entender las palabras latinas que se pasaban el día repitiendo. Casi todos eran hijos de campesinos y preferían ganarse el pan recitando unas cuantas palabras en latín antes que cavando la tierra. En esta observación se basó Julien para, desde los primeros días, prometerse éxitos prontos. «En todo servicio se precisan personas inteligentes, porque, desde luego, hay un trabajo que hacer —se decía—. Con Napoleón, habría sido sargento; entre estos futuros sacerdotes, seré vicario general. Todos estos pobres diablos —añadía—, peones desde la infancia, han vivido, antes de llegar aquí, de leche cuajada y de pan negro. En sus chozas, no comían carne más que cinco o seis veces al año. Igual que los soldados romanos, a quienes la guerra les parecía una época de descanso, estos campesinos zafios están encantados con las delicias del seminario.»








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