Rojo y negro

Rojo y negro

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Un día, el padre Pirard abrió una carta que parecía medio borrada por las lágrimas; era un adiós eterno. «Por fin —le decían a Julien— el cielo me ha concedido la gracia de odiar no al autor de mi culpa, que siempre será para mí lo más querido en el mundo, sino la culpa misma. Ya está consumado el sacrificio, amigo mío. Y no ha sucedido sin lágrimas, como podrá ver. La seguridad de los seres a quienes me debo, y a quienes tanto quiso usted, prevalece. Un Dios justo, pero terrible, no podrá ya tomarse en ellos venganza de los crímenes de su madre. Adiós, Julien, sea justo con los hombres.»

El final de la carta era casi completamente ilegible. Había en ella una dirección de Dijon y, sin embargo, la firmante albergaba la esperanza de que Julien no le respondiera nunca o que, al menos, se expresara con palabras que una mujer que ha regresado a la virtud pudiera oír sin bochorno.

La melancolía de Julien, con ayuda de la mediocre alimentación que le servía al seminario el contratista de los almuerzos de 85 céntimos, empezaba a influirle en la salud cuando una mañana Fouqué se presentó de pronto en su cuarto.



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