Rojo y negro
Rojo y negro —Por fin he podido entrar. He venido cinco veces a Besançon para verte, y no lo digo por echártelo en cara. Y la puerta siempre cerrada a cal y canto. He tenido a alguien apostado delante del seminario. ¿Por qué demonios no sales nunca?
—Es un sacrificio que me he impuesto.
—Te encuentro muy cambiado. Por fin, te vuelvo a ver. Dos bonitos escudos de cinco francos acaban de ponerme al tanto de que fui muy bobo al no ofrecerlos en el primer viaje que hice.
La conversación entre ambos amigos se eternizó. A Julien se le cambió el color cuando Fouqué le dijo: «Por cierto, ¿sabes que la madre de tus alumnos ha ido a dar a la más extremada de las devociones?».
Y hablaba con ese aire desenfadado que hace mella de forma tan singular en el alma apasionada cuyos intereses más caros trastorna alguien sin caer en la cuenta.
—SÃ, amigo mÃo, en la devoción más exaltada. Dicen que hace peregrinaciones. Pero, para eterna vergüenza del padre Maslon, que tanto tiempo estuvo espiando al pobre padre Chélan, la señora de Rênal no ha querido saber nada de él. Va a confesarse a Dijon y a Besançon.
—¡Viene a Besançon! —dijo Julien ruborizándose.
—Con bastante frecuencia —respondió Fouqué con expresión inquisitiva.