Rojo y negro

Rojo y negro

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Los días de fiesta mayor les daban a los seminaristas salchichas con col agria. Los vecinos de mesa de Julien se fijaron en que esa felicidad lo dejaba insensible; fue uno de sus primeros crímenes. Sus compañeros vieron en esto un rasgo odioso de la más necia hipocresía; con ninguna otra cosa consiguió más enemigos. «¡Mirad al burgués ese, mirad al desdeñoso ese que hace como que desprecia la mejor pitanza, salchichas con col agria! —decían—. ¡Quita allá! ¡Qué mala persona! ¡El muy orgulloso! ¡El muy maldito!»

«Por desgracia, la ignorancia de estos muchachos campesinos, mis compañeros, es para ellos una ventaja inmensa —exclamaba Julien en sus momentos de desánimo—. Cuando llegan al seminario, el profesor no tiene que librarlos de esa cantidad espantosa de ideas mundanas que traigo yo conmigo y me leen en la cara haga lo que haga.»

Julien estudiaba con atención rayana en la envidia a los más zafios de entre esos muchachitos campesinos que llegaban al seminario. En cuanto les quitaban la chaqueta de ratina para ponerles la sotana negra, su educación se limitaba a un respeto inmenso por el dinero a secas y en líquido, como se dice en el Franco Condado.

Es la forma sacramental y heroica de nombrar la idea sublime de dinero en efectivo.


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