Rojo y negro
Rojo y negro Julien se encontraba continuamente, escritas con carbón en las paredes de los pasillos, frases como la siguiente: «¡Qué son sesenta años de sacrificios si se comparan o con una eternidad de deleites o con una eternidad de aceite hirviendo en el infierno!». Dejó de despreciarlas; entendió que había que tenerlas ante la vista continuamente. «¿Qué me voy a pasar la vida haciendo? —se decía—. Venderles a los fieles un sitio en el cielo. ¿Cómo hacer que este sitio les resulte visible? Con la diferencia entre mi apariencia externa y la de un seglar.»
Tras varios meses de aplicación ininterrumpida, a Julien todavía se le veía cara de pensar. La forma de mover los ojos y poner la boca no era anuncio de fe implícita y dispuesta a creérselo todo y a defenderlo todo mediante el martirio incluso. Julien veía, airado, que en esto lo aventajaban los campesinos más zafios. Había buenas razones para que a ellos no les viera expresión pensativa.
¡Cuánto trabajo se tomaba para conseguir esa fisonomía de fe ferviente y ciega, dispuesta a creerlo todo y a soportarlo todo que con tanta frecuencia hallamos en los conventos de Italia y de la que nos ha dejado a los seglares modelos tan perfectos Il Guercino en sus cuadros pintados para las iglesias[26]!