Rojo y negro
Rojo y negro En cuanto Julien se desengañó, los largos ejercicios de devoción ascética, tales como el rosario cinco veces por semana, los himnos al Sagrado Corazón, etc., etc., que le parecían tan mortalmente aburridos, pasaron a ser sus momentos de acción más interesantes. Reflexionando con gran severidad sobre su persona y pretendiendo sobre todo no sobreestimar sus recursos, dejó de aspirar a hacer, de entrada, continuamente como los seminaristas que servían de modelo a los demás, acciones significativas, es decir, que probasen una categoría de perfección cristiana. En el seminario hay una forma de tomarse un huevo pasado por agua que anuncia los progresos alcanzados en la vida devota.
Que tenga a bien el lector, que quizá esté sonriendo, recordar todos los errores que cometió al comer un huevo, el padre Delille cuando lo invitó a almorzar una gran dama de la corte de Luis XVI.
Julien intentó primero llegar al non culpa; es el estado del seminarista joven en cuya forma de andar y de mover los brazos, los ojos, etc. no se trasluce en verdad nada mundano, pero que tampoco muestra aún a una persona absorta en la idea de la otra vida y en la nada en estado puro de esta.