Rojo y negro

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Tras haberlo asfixiado, como quien dice, un sentimiento de desprecio en los primeros tiempos, Julien acabó por notar compasión: los padres de la mayoría de sus compañeros habían pasado con frecuencia por el trance de regresar por las noches, en invierno, a su choza y no encontrar en ella ni pan, ni castañas, ni patatas. «¡Qué hay de asombroso, pues, si desde su punto de vista el hombre feliz es, antes que ninguna otra cosa, el que acaba de cenar bien y, a continuación, el que tiene un buen traje! —se decía Julien—. Mis compañeros tienen una vocación firme, es decir, que ven en el estado eclesiástico una continuación prolongada de esa felicidad: comer bien y tener algo abrigado que ponerse en invierno.»

Julien oyó un día a un joven seminarista con dotes imaginativas, que le decía a su compañero:

—Y ¿por qué no voy a llegar yo a papa, igual que Sixto V, que cuidaba los cerdos?

—Solo hacen papa a los italianos —contestó su amigo—; pero seguro que echarán a suertes entre nosotros cargos de vicario general, de canónigo y, a lo mejor, de obispo. Su ilustrísima P, obispo de Châlons, es hijo de un tonelero: ese es el oficio de mi padre.

Un día, en plena clase de dogma, el padre Pirard mandó llamar a Julien. El infeliz joven se quedó encantado de salir del ambiente físico y espiritual en que estaba sumido.


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