Rojo y negro
Rojo y negro Julien hallĂł en el director la acogida que tanto lo habĂa asustado el dĂa en que llegĂł al seminario.
—ExplĂqueme quĂ© es lo que hay escrito en este naipe —le dijo de forma tal que parecĂa que querĂa que se lo tragase la tierra.
Julien leyó: «Amanda Binet, del Café de la Girafe, antes de las ocho. Decir que es de Genlis y primo de mi madre».
Julien vio la inmensidad del peligro; la policĂa del padre Castanède le habĂa robado esa direcciĂłn.
—El dĂa que lleguĂ© aquà —contestĂł mirando la frente del padre Pirard, pues no podĂa soportar sus ojos terribles— estaba temblando de miedo: el padre ChĂ©lan me habĂa dicho que era un sitio lleno de delaciones y de maldades de todo tipo: se fomentan el espionaje y la denuncia entre compañeros. AsĂ lo quiere el cielo para que los sacerdotes jĂłvenes vean la vida como es y sientan asco del mundo y de sus pompas.
—¡A mà me viene con frases! —dijo el padre Pirard, furioso—. ¡Desvergonzado!
—En Verrières —siguiĂł diciendo con frialdad Julien—, mis hermanos me pegaban cuando me tenĂan envidia por algĂşn motivo…
—¡Al grano! ¡Al grano! —exclamĂł el padre Pirard, casi fuera de sĂ.
Sin sentirse mĂnimamente intimidado, Julien siguiĂł con el relato: