Rojo y negro
Rojo y negro —El dÃa en que llegué a Besançon, a eso de las doce del mediodÃa, tenÃa hambre y entré en un café. Se me llenaba el corazón de repugnancia ante un lugar tan profano; pero pensé que me saldrÃa más barato almorzar ahà que en una fonda. Una señora, que parecÃa la dueña del comercio, se compadeció de mi aspecto de novato. «Besançon está lleno de malas personas —me dijo—; temo por usted, caballero. Si se metiera en un mal paso, recurra a mÃ, mándeme recado antes de las ocho. Si los porteros del seminario se niegan a hacerle el recado, diga que es usted primo mÃo y oriundo de Genlis…»
—Toda esa charlatanerÃa la comprobaremos —exclamó el padre Pirard, que, como no podÃa estarse quieto, paseaba por la habitación—. ¡A su celda!