Rojo y negro

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El sacerdote fue detrás de Julien y lo encerró con llave. Este se puso en el acto a inspeccionar el baúl, en cuyo fondo estaba escondido, precisamente, el naipe fatal. No faltaba nada en el baúl, pero había varias cosas fuera de su sitio; y, sin embargo, él nunca se separaba de la llave. «Menos mal —se dijo Julien— que en esa temporada en que he estado ciego nunca he aceptado el permiso para salir que con tanta frecuencia me ofrecía bondadosamente el padre Castanède, ahora entiendo por qué. A lo mejor habría tenido la flaqueza de cambiarme de ropa e ir a ver a la hermosa Amanda, y me habría perdido. Cuando las personas desesperan de sacarle así partido a la información, para no desaprovecharla la convierten en denuncia.»

Dos horas después lo mandó llamar el director:

—No ha mentido —le dijo con mirada menos severa—; pero conservar una dirección así es una imprudencia de cuya gravedad no puede darse cuenta. ¡Pobre niño! A lo mejor dentro de diez años lo podría perjudicar.




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