Rojo y negro
Rojo y negro Los seminaristas, igual que los jóvenes de cualesquiera carreras, exageran los resultados de esos medios modestos, que tienen una apariencia extraordinaria y dejan impresionada la imaginación.
«Tengo que acostumbrarme a estas conversaciones», se decía Julien. Cuando no se hablaba en ellas de salchichas y de buenas parroquias, se comentaba la parte mundana de las doctrinas eclesiásticas; las diferencias de opinión entre obispos y prefectos y entre alcaldes y párrocos. Julien veía cómo surgía la idea de un segundo Dios, y mucho más poderoso que el otro; ese segundo Dios era el papa. Corría la voz, aunque bajando el tono y cuando había completa seguridad de que el padre Pirard no iba a oírlo, de que si el papa no se toma la molestia de nombrar a todos los prefectos y a todos los alcaldes de Francia es porque ha encomendado esa tarea al rey de Francia, al nombrarlo hijo primogénito de la Iglesia.