Rojo y negro

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—Desde luego, de un párroco es de quien puede decirse: tanto vale el hombre, tanto vale el cargo —les decía a los alumnos, que formaban corro a su alrededor—. Yo personalmente he visto parroquias de montaña cuyo pie de altar no era inferior al de muchos párrocos de ciudades. La cantidad en dinero era la misma y además estaban los capones, los huevos, la mantequilla y mil complementos gratos; y en esos sitios nadie quita al párroco de ser el primero en todo: no hay banquete al que no lo inviten, lo agasajen, etc.

Nada más subir a sus habitaciones el padre Castanède, los estudiantes se dividieron en grupos. Julien no estaba en ninguno; lo dejaban aparte como a una oveja sarnosa. En todos los grupos, veía a algún estudiante que tiraba una moneda de cinco céntimos al aire; y si, apostando a cara o cruz, acertaba, sus compañeros sacaban la conclusión de que no tardaría en tener una de esas parroquias con suculento pie de altar.

Llegaron luego las anécdotas. Un sacerdote joven, que no llevaba ordenado sino un año, le regaló en privado un conejo al ama de un cura viejo y consiguió que este lo solicitara como vicario; y, poco después, ya que el párroco se murió enseguida, ocupó el cargo al frente de una buena parroquia. Otro consiguió que lo nombrasen sucesor del párroco en un pueblo grande y muy rico por asistir a todas las comidas del anciano párroco, paralítico, trinchándole los pollos con mucho encanto.


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