Rojo y negro
Rojo y negro Apretando los dientes de rabia y abriendo los ojos a aquel cielo que recorrÃa el rayo, Julien exclamó: «MerecerÃa que me cubriera el agua si me duermo durante la tormenta. Intentemos conquistar a algún otro patán».
Sonó la campana para la clase de historia sagrada del padre Castanède.
A esos infelices campesinos, a quienes tan asustados tenÃan el trabajo penoso y la pobreza de su padre, les enseñaba ese dÃa el padre Castanède que ese ser tan terrible desde su punto de vista, el gobierno, no tenÃa poder real y legÃtimo sino en virtud de la delegación del vicario de Dios en la tierra.
«Que la santidad de vuestra vida os haga dignos de las bondades del papa; que por vuestra obediencia seáis como un bastón en sus manos —añadÃa—; y conseguiréis un cargo espléndido en que mandaréis como jefes, lejos de cualquier control; una plaza inamovible el tercio de cuyo sueldo paga el gobierno; y los fieles, que vuestros sermones forman, los otros dos tercios.»
A la salida de la clase, el padre Castanède se detuvo en el patio.