Rojo y negro

Rojo y negro

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»La voluntad del hombre es poderosa, lo leo en todos sitios; pero ¿basta para sobreponerse a un asco como este? La tarea de los grandes hombres fue fácil: por muy tremendo que fuera el peligro, les parecía hermoso; y ¿quién, salvo yo, puede entender la fealdad de cuanto me rodea?»

Ese momento fue el que más a prueba lo puso en la vida. ¡Le era tan fácil alistarse en alguno de los atractivos regimientos que estaban de guarnición en Besançon! Podía hacerse profesor de latín. ¡Necesitaba tan poco para vivir! Pero entonces ya no tendría una carrera, ya no habría porvenir para su imaginación: era morirse. He aquí, detallado, uno de sus tristes días.

«¡Mi presunción se ha congratulado tantas veces de que soy diferente de los otros campesinos jóvenes! Bien, pues ya he vivido lo suficiente para ver que la diferencia engendra odio», se decía una mañana. Tamaña verdad acababa de revelársela uno de sus malogros más mortificantes. Llevaba ocho días esforzándose para agradar a un estudiante que vivía en olor de santidad. Andaba paseando con él por el patio, oyendo sumisamente unas insignes sandeces. De repente se puso el tiempo tormentoso, retumbó el trueno y el santo estudiante exclamó, apartándolo de él con grosería:

—Mire, cada cual tiene que mirar por sí en este mundo; no quiero que me achicharre el trueno; Dios puede fulminarlo como a un impío, como a un Voltaire.


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