Rojo y negro
Rojo y negro «¿Dónde quiere ir a parar?», se decía Julien. Veía con extrañeza que el padre Chas se pasaba las horas muertas hablándole de los ornamentos de la catedral. Tenía dieciséis casullas guarnecidas con galones, sin contar con los ornamentos de duelo. Había muchas esperanzas puestas en la anciana presidenta De Rubempré; dicha señora, que tenía noventa años, conservaba desde hacía setenta por lo menos sus galas de novia, de espléndidos brocados de oro de Lyon. «Fíjese, amigo mío —decía el padre Chas, parándose en seco y abriendo unos ojos como platos—, esas telas se tienen de pie solas de tanto oro como llevan. Es creencia generalizada en Besançon que, con el testamento de la presidenta, el tesoro de la catedral tendrá más de diez casullas nuevas, sin contar cuatro o cinco capas para las fiestas mayores. Y diré más —añadía el padre Chas, bajando la voz—, tengo razones para pensar que la presidenta nos va a dejar ocho candelabros de plata sobredorada magníficos, que se supone que compró en Italia el duque de Borgoña, Carlos el Temerario, de quien uno de sus antepasados fue el ministro predilecto.»