Rojo y negro
Rojo y negro El primer día, a los examinadores, que nombraba el famoso vicario general De Frilair, los contrarió mucho tener que poner siempre en primer lugar, o como mucho en segundo, en su lista a ese Julien de quien los habían avisado que era el benjamín del padre Pirard. Hubo apuestas en el seminario a que en la lista del examen general Julien estaría el primero, lo que implicaba el honor de almorzar con el señor obispo. Pero, al final de una sesión en que se había tratado de los padres de la Iglesia, un examinador hábil, tras haberle preguntado a Julien por san Jerónimo y su pasión por Cicerón, sacó a colación a Horacio, a Virgilio y a los demás autores profanos. Sin que lo supieran sus compañeros. Julien se había aprendido de memoria gran cantidad de fragmentos de esos autores. Cegado por sus éxitos, se le olvidó dónde estaba y, al pedírselo reiteradamente el examinador, recitó y parafraseó con entusiasmo varias odas de Horacio. Tras haberlo dejado cavarse su propia tumba durante veinte minutos, el examinador cambió de cara de repente y le reprochó agriamente el tiempo que había perdido con esos estudios profanos y las ideas inútiles o criminales que se había metido en la cabeza.
—Soy un necio, padre, y tiene razón —dijo Julien con expresión de modestia, cayendo en la cuenta de la hábil estratagema de la que era víctima.