Rojo y negro

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Al día siguiente, casi seguía la gente al padre Pirard por la calle; y los comerciantes salían a la puerta de sus tiendas cuando fue a hablar con los jueces del marqués. Por primera vez lo recibieron cortésmente. El severo jansenista, indignado con todo lo que veía, estuvo trabajando mucho rato con los abogados que le había escogido al marqués de La Mole y salió hacia París. Cayó en la flaqueza de decirles a dos o tres amigos del internado que lo acompañaron hasta la calesa, cuyo escudo de armas admiraron, que, tras haber pasado quince años administrando el seminario, se iba de Besançon con quinientos veinte francos de ahorros. Esos amigos lo abrazaron llorando y se dijeron unos a otros: «El buen padre podría haberse ahorrado esa mentira. ¡Qué hombre tan ridículo!».

El vulgo, al que ciega el amor al dinero, no estaba en condiciones de entender que era en esa sinceridad suya en la que el padre Pirard había hallado fuerzas para luchar a solas seis años contra Margarita María Alacoque, el Sagrado Corazón de Jesús, los jesuitas y su obispo.





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