Rojo y negro

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El obispo lo había invitado a almorzar y, para gastarle una broma a su vicario general, el padre de Frilair, intentaba hacerlo destacar. Estaban en los postres cuando llegó de París la peculiar noticia de que nombraban al padre Pirard párroco de la soberbia parroquia de N., a cuatro leguas de la capital. El buen prelado le dio sinceramente la enhorabuena. Vio en este asunto una jugada hábil que lo puso de buen humor y le hizo tener la mejor opinión de las prendas del sacerdote. Le dio un certificado en latín magnífico y mandó callar al padre de Frilair, que se estaba permitiendo unas cuantas recriminaciones.

Por la noche, su ilustrísima trasladó su admiración a casa de la marquesa de Rubempré. Fue una gran noticia para la buena sociedad de Besançon; todo el mundo se perdía en conjeturas acerca de ese trato de favor extraordinario. Veían ya obispo al padre Pirard. Los más avispados pensaron que habían nombrado ministro al señor de La Mole y se permitieron ese día sonreír ante el aire imperioso que el padre de Frilair mostraba en sociedad.





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