Rojo y negro
Rojo y negro A eso de las doce del mediodía, el padre Pirard se separó de sus alumnos, no sin dirigirles una alocución severa. «¿Desean los honores del mundo? —les dijo—. ¿Y todas las ventajas sociales, el placer de mandar, el de burlarse de las leyes y ser insolentes impunemente con todos? ¿O desean la salvación eterna? Incluso a los menos adelantados les basta con abrir los ojos para diferenciar los dos caminos.»
No bien se hubo marchado, los devotos del Sagrado Corazón de Jesús fueron a la capilla a cantar un Te Deum. Nadie se tomó en serio, en el seminario, la alocución del director saliente. «Lo tiene muy enfadado su destitución», decían por todos lados; ni un seminarista creyó sencillamente en la dimisión voluntaria de un puesto que proporcionaba tanto trato con proveedores de mucho calibre.
El padre Pirard fue a acomodarse en la mejor posada de Besançon; y, so pretexto de asuntos que no tenía, quiso pasar en ella dos días.