Rojo y negro
Rojo y negro A la mañana siguiente, Julien notó algo raro en la forma en que sus compañeros le hablaban. Se mostró aún más reservado en vista de eso. «He aquà —se dijo— el resultado de la dimisión del padre Pirard. Toda la casa está enterada y yo paso por ser su favorito. Algo insultante debe de haber en esos modales.» Pero no conseguÃa verlo. Antes bien, no habÃa odio en los ojos de todos aquellos con los que se encontraba por los dormitorios: «¿Qué significa esto? Será una trampa, seguramente. Vayamos con pies de plomo.» Por fin, el seminarista jovencito de Verrières le dijo, riéndose: «Corneli Taciti opera omnia (Obras completas de Tácito)».
Tras esta frase, que todos oyeron, acudieron a felicitar a más y mejor a Julien, no solo por el espléndido regalo que le habÃa hecho su ilustrÃsima, sino también por la conversación de dos horas con que lo habÃa honrado. SabÃan hasta los mÃnimos detalles. A partir de ese momento, no quedaron ya rastros de envidia; le bailaron el agua servilmente: el padre Castanède, que la vÃspera, sin ir más lejos, se portaba con él de la forma más insolente que darse pueda, lo tomó del brazo y lo invitó a almorzar.
Por una fatalidad del carácter de Julien, la insolencia de aquellas personas zafias lo habÃa apenado mucho; la bajeza lo asqueó y no le proporcionó placer alguno.