Rojo y negro
Rojo y negro »Ese joven no sabe hasta ahora más que latÃn y las Sagradas Escrituras; pero no es imposible que saque a relucir un dÃa grandes talentos, bien para la predicación, bien para dirigir almas. No sé qué hará; pero reside en él el fuego sagrado; puede llegar lejos. Pensaba dárselo a nuestro obispo si, por ventura, nos hubiera llegado uno que viera hasta cierto punto a los hombres y los negocios como los ve usted.
—¿De dónde sale ese joven suyo? —dijo el marqués.
—Dicen que es hijo de un carpintero de nuestras montañas, pero yo lo darÃa más por hijo natural de algún hombre rico. Lo he visto recibir una carta anónima o firmada con un pseudónimo con una letra de cambio de quinientos francos.
—¡Ah! Es Julien Sorel —dijo el marqués.
—¿Cómo sabe su nombre? —dijo el sacerdote asombrado. Y, cuando estaba ruborizándose por haber hecho esa pregunta, el marqués le contestó:
—Eso es lo que no le voy a decir.
—Pues bien —siguió diciendo el sacerdote—, podrÃa intentar hacerlo secretario suyo: tiene energÃa y sensatez y, en pocas palabras, serÃa una prueba que merecerÃa la pena realizar.