Rojo y negro

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—¿Por qué no? —dijo el marqués—; pero ¿será un hombre que deje que lo unte el prefecto de policía, o cualquier otra persona, para hacer de espía en mi casa? Esa es la única objeción que tengo.

Tras las garantías favorables que le dio el padre Pirard, el marqués cogió un billete de mil francos:

—Mándele este viático a Julien Sorel; tráigamelo.

—Ya se nota que vive en París —dijo el padre Pirard—. No sabe nada de la tiranía que soportamos los pobres provincianos y, más que nadie, los sacerdotes que no son amigos de los jesuitas. No querrán dejar marchar a Julien Sorel, sabrán parapetarse tras los pretextos más hábiles, me contestarán que está enfermo, las cartas se habrán extraviado en el correo, etc., etc.

—Recurriré un día de estos a una carta del ministro al obispo —dijo el marqués.

—Se me estaba olvidando una precaución —dijo el sacerdote—; ese joven, aunque de cuna muy humilde, tiene el corazón muy orgulloso; no será de utilidad alguna si le espantan el amor propio; lo convertiría usted en un necio.

—Eso me agrada —dijo el marqués—; lo haré compañero de mi hijo. ¿Bastará con eso?


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