Rojo y negro
Rojo y negro Poco tiempo después, Julien recibió una carta de letra desconocida y con sello de Châlons; encontró en ella un pagaré para un comerciante de Besançon y el aviso de que fuera a París sin demora. La carta iba firmada con un nombre fingido, pero, al abrirla, Julien se había sobresaltado: le cayó a los pies una hoja de árbol, era la señal que había acordado con el padre Pirard.
No había pasado ni una hora cuando llamaron a Julien del obispado, donde su ilustrísima lo recibió con una bondad de lo más paternal. Al tiempo que citaba a Horacio, lo felicitó por el halagüeño destino que lo aguardaba en París con una gran habilidad que, a modo de palabras de agradecimiento, esperaba explicaciones. Julien no pudo decir nada porque nada sabía, y su ilustrísima lo trató con mucha consideración. Uno de los sacerdotes jóvenes del obispado escribió al alcalde, a quien le faltó tiempo para traer en persona un pasaporte firmado, pero donde habían dejado en blanco el nombre del viajero.
Esa noche, antes de las doce, ya estaba Julien en casa de Fouqué, cuya sensata forma de pensar pareció más extrañada que encantada por el porvenir que parecía esperarle a su amigo.