Rojo y negro
Rojo y negro —Esto acabará, en tu caso —dijo aquel elector liberal—, con un puesto en el gobierno que te obligará a hacer algo que la prensa vilipendiará. Sabré de ti por tu vergüenza. Recuerda que, incluso desde un punto de vista financiero, vale más ganar cien luises en un buen negocio de madera, del que eres dueño, que recibir cuatro mil francos de un gobierno, aunque fuese el del rey Salomón.
Julien no vio en todo aquello sino la pequeñez de la mentalidad de la clase media rural. Por fin iba a aparecer en el escenario de las cosas grandes. La felicidad de ir a ParÃs, donde creÃa que vivÃan personas inteligentes, muy intrigantes, muy hipócritas, pero de tanta urbanidad como el obispo de Besançon o el obispo de Agde lo eclipsaba todo ante sus ojos. Hizo notar a su amigo que la carta del padre Pirard lo dejaba sin libre arbitrio.
Al dÃa siguiente, a eso de las doce del mediodÃa, llegó a Verrières el más feliz de los hombres; contaba con volver a ver a la señora de Rênal. Fue primero a casa de su protector principal, el buen padre Chélan. Se encontró con un recibimiento severo.
—¿Piensa que tiene alguna obligación conmigo? —le dijo el padre Chélan, sin responder al saludo—; pues va a almorzar en mi casa; entretanto mandaremos a alguien a que le alquile un caballo y se irá de Verrières sin ver a nadie.