Rojo y negro

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—Oír es obedecer —contestó Julien con cara de seminarista. Y no se habló ya más que de teología y de la hermosa cultura latina.

Julien subió al caballo, recorrió una legua y, luego, divisando un bosque y al no haber nadie que lo viera meterse allí, se adentró en él. Al ponerse el sol, devolvió el caballo. Luego, entró en casa de un campesino que consintió en venderle una escalera y acompañarlo, cargando con ella, hasta el bosquecillo que está, en Verrières, más arriba del Paseo de la Fidelidad.

«Un pobre recluta prófugo… o un contrabandista —dijo el campesino tras despedirse—; pero ¡qué más da! La escalera me la ha pagado bien y yo, sin ir más lejos, también he tenido mis movimientos de reloj en la vida.»

La noche era muy oscura. A eso de la una de la madrugada, Julien, cargando con la escalera, entró en Verrières. Bajó lo más deprisa que pudo por el lecho del torrente, que cruza los espléndidos jardines del señor de Rênal a una profundidad de diez pies, encauzado entre dos muros. A Julien con la escalera no le costó subir. «¿Cómo van a recibirme los perros guardianes?», pensaba. Ahí estaba el quid de la cuestión. Los perros ladraron y le salieron al paso a la carrera; pero les silbó flojito y vinieron a hacerle fiestas.


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