Rojo y negro
Rojo y negro Subiendo entonces de terraza en terraza, aunque todas las verjas estuvieran cerradas, le resultó fácil llegar bajo la ventana del dormitorio de la señora de Rênal, que, por la parte del jardÃn, solo está a ocho o diez pies de altura.
HabÃa en los postigos una aberturita en forma de corazón que Julien conocÃa muy bien. Para mayor disgusto suyo, la luz interior de una lamparilla no iluminaba la aberturita.
«¡Santo cielo! —se dijo—. ¡La señora de Rênal no está esta noche en esa habitación! ¿O se habrá acostado ya? La familia está en Verrières, ya que me he topado con los perros; pero puedo encontrarme, en ese cuarto sin lamparilla, al mismÃsimo señor de Rênal, o a un extraño. Y en ese caso ¡menudo escándalo!»
Lo más prudente era retirarse; pero ese partido repugnó a Julien. «Si es un extraño, saldré a todo correr y dejaré abandonada la escalera; pero, si es ella, ¿qué recibimiento me espera? Ha dado en el arrepentimiento y en la devoción más extremada, no puede caberme duda; pero, en fin, todavÃa se acuerda algo de mÃ, ya que me escribió hace poco.»