Rojo y negro

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Con el corazón estremecido, pero resuelto, sin embargo, a perecer o a verla, arrojó unos guijarros al postigo; no hubo respuesta. Apoyó la escalera junto a la ventana y llamó al postigo, primero suavemente y, luego, más fuerte. «Por muy oscuro que esté todo, pueden dispararme un tiro de escopeta», pensó Julien. Esa idea redujo la insensata empresa a una cuestión de valentía.

«En esta habitación no hay nadie esta noche —pensó—. O, si no, la persona que duerme en ella ya estará despierta. Así que con ella no hay que tener ya contemplaciones; lo único que hay que intentar es que no me oigan las personas que duerman en las demás habitaciones.»

Bajó, apoyó la escalera en uno de los postigos y, metiendo la mano por la abertura en forma de corazón, tuvo la fortuna de dar con bastante rapidez con el alambre sujeto al gancho que cerraba el postigo. Tiró del alambre y notó, con indecible alegría, que el postigo aquel ya no estaba sujeto y que cedía al empujarlo. «Tengo que abrirlo poco a poco y que se me reconozca la voz.» Abrió el postigo lo suficiente para meter la cabeza, repitiendo en voz baja: Es un amigo.

Se aseguró, aguzando el oído, de que nada alteraba el profundo silencio de la habitación. Pero, desde luego, no había lamparilla, ni siquiera apagada a medias, en la chimenea; era muy mala señal.


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